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Pre-textos sobre curiosidades

Olvida mi nombre

Hay pocos nombres que perduren. Estos adjetivos puestos por los progenitores forman parte de nuestra identidad y nos acostumbramos a ellos. Más complicado es deshacerte de un apellido. Perderlo es suprimir un vínculo de origen.

El nombre es un apéndice que adorna al apellido. Es el eslabón de una larga cadena que nos ata al pasado para permitirnos seguir introduciéndonos en el abismo. Al dejar de existir, sólo quedaremos como un elemento que se olvida y queda difuso para nuestros familiares del futuro.

Etiqueta Saint Laurent Paris (Charlieporter)

Etiqueta Saint Laurent Paris (Charlieporter)

Los empresarios que llevan marcas homónimas de sus ex-diseñadores están viendo a futuro. Conservar o no el nombre del diseñador se ha puesto en la mesa del marketing, el branding, la internacionalización y el negocio proyectado a miras de durabilidad. Esto es nuevo, no tanto.

Los diseñadores crean un vínculo con sus consumidores y, también, con quienes no lo son. Al ver que se borran estas letras de las etiquetas todos ponen el grito en el cielo. Todos quieren preservar esa leyenda. El nombre pareciera que forma parte de una tradición.

Sin embargo, quién de nosotros llama a alguien que no conoce por su nombre de pila. Así, en nuestro día a día o al hablar de estas marcas de moda estamos acostumbrados a decir Armani, un Dior; en artes, Warhol, un Matisse; hay conceptos freudianos, está Foucault, Hitler y Obama. Escasos son los reconocidos como Valentino, Rafael (el cantante también), Sócrates o Rihanna.

¿Quién es Martin? Muchos, pero al apellidarse Margiela ya se reduce la búsqueda, sobre todo cuando la centramos en la industria de la moda; un diseñador y una marca caracterizada por tres Ms, que en este mes han decidido suprimir una. La Maison Margiela ha borrado su nombre de pila.

Así se hizo con Saint Laurent Paris, sin nombre, pero redundante. Yves ha muerto y se necesitan de nuevos nombres para mantenerla en vanguardia junto al legado del diseñador. Estos nuevos diseñadores se acoplarán o se despedirán; lo único que firmarán serán contratos con sus nombres mientras sigan dando frutos y ganancias a la marca.

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Con John Galliano deberían de hacer lo mismo. Oscar de la Renta después de un prudente luto tendría que considerar ser únicamente De la Renta, como Vionnet, Balenciaga y Givenchy. Esta último es la prueba viviente de lo que es quitar un nombre. Hubert de Givenchy se retira para que su marca rejuvenezca y se vuelva exitosa, a la par que él, ya gastado, resurge como una leyenda.

Las personas se consumen y con ellas su nombre, pero las mantenemos vivas a través de los mitos que vamos contando de ellas. Al final, los nombres ocultan esa disparidad entre lo que se fue y lo que nosotros pensamos que fueron. Los apellidos le dan esa solidez a las historias.

El apellido es lo que perdura hasta que se disuelva entre las generaciones posteriores para crear una historia más. Es una procedencia narrada de voz en voz entre parientes consanguíneos. Existimos como masa, no como individuo. Por ello, se nos inscribe al apellido que se registra en un distrito que pertenece a una ciudad de una provincia perteneciente a un estado de una nación que se localiza en un área de un continente.

El nombre sólo existe para los cercanos. La muerte se lleva nuestro nombre y el tiempo nos deja en el olvido. Si alguien lo repite para recordar a aquel cadáver, será por mantener un recuerdo obsoleto en un cuerpo nuevo que no contendrá nada parecido al antiguo. El nombre oculta la tristeza de la pérdida. Este nuevo ente cargará con una lápida por el resto de su vida. Un mal clon, un zombi que piensa estar vivo.

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Chloé fue pensado como nombre de marca, por su calidez y feminidad. Podemos decir lo mismo de Rodarte. Esta es la recuperación del apellido de soltera de la madre de las diseñadoras. El mismo ejemplo se da con Proenza Schouler, una combinación de los apellidos de las madres de los diseñadores. Un intento para recuperar la feminidad de la moda por medio de los lazos perdidos al contraer matrimonio. Dar nombre femenino a una marca, no el de su vestidor, sino de la inspiración, la mujer.

Las épocas cambian y cada una debería cuestionar sus ideales y principios para reelaborar un discurso apto para sus tiempos. Revisar las circunstancias para reescribir sobre nuestra historia para adaptarla a nuevos pensamientos y miradas. Ser obstinados en mantener un nombre es enclavar el pasado por miedo a lo que pueda pasar en el futuro.

El nombre ya hizo su trabajo: ha acercado a los consumidores para tratar con la marca más allá que un negocio. Las hemos asimilado y ahora que hacen el juego del cambio, indignan. La vestimenta es una fachada, tenemos que ver adentro para descubrir lo que verdaderamente dice la etiqueta. El nombre sólo sirve para conservar un zombi; ya no contiene a la persona original.

Nos engañamos a nosotros mismos al pensar que por retener el Yves o el Martin nada va a cambiar. Nosotros nos movemos y nuestro entorno también, por ello, debemos exigir signos y nombres para los conceptos que no se ciñen con los significados que estamos generando. Nuestra realidad, nuestro nombre.

Mantener el nombre es un morbo.

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