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Pre-textos sobre curiosidades

Facial

mi voz es mi firma. Mi voz es mi firma. Sentirme parte de una ficción o de un espía de los ochenta fue lo primero que se me vino a la mente. Pero la grabación que pedía repetir esta frase para asegurarse de que era la persona que decía derrumbó toda fantasía. El futuro nos ha alcanzado y la tecnología no confía en nadie. Por ende, nosotros tampoco. Lo más cercano a demostrar nuestra identidad, aparte de un plástico con una foto rancia, es nuestro cuerpo, sus fluidos y sus vibraciones. Mi cuerpo es la contraseña.

María Sánchez En todos los lugares a todas las horas, 2013-2014

María Sánchez
En todos los lugares a todas las horas, 2013-2014

A pesar de eso, dejamos rastros. Pelo con ADN suelto a lo largo de nuestro recorrido. Saliva otorgada a otras personas. Huellas en todo lo que tocamos. Nuestro cuerpo es algo más que lo que vemos, el exterior que refleja lo que somos y representamos. No es un caparazón que nos contiene para no derramarnos como un vómito de vísceras. Si nos dividieran en partículas ¿seguiríamos siendo nosotros? No. El todo puede ser divido, pero lo fraccionado no puede ser el todo.

Ante nuestros ojos la corporalidad del otro es lo que le da validez. Podemos reconocer una voz a través del teléfono, pero muchas veces titubeamos de quién habla. Capturamos información para generar la identidad de alguien. Si leemos número desconocido, entramos en estado de cautela. Nuestra capacidad de reconocimiento es tan difusa e imprecisa que necesitamos ver al otro; conformándonos con lo que conocemos de esa persona, lo que ella representa y es para nosotros.

Mona Hatoum Corps étranger (Imágenes de video), 1994

Mona Hatoum
Corps étranger (Imágenes de video), 1994

¿Qué vemos cuando aceptamos una nueva amistad en las redes sociales? Utilizamos todas las estrategias concedidas para asegurarnos de quién va a integrarse en nuestra vida pública/privada-en-línea. Aunque aceptemos gente a diestra y siniestra, dejar que todos sean followers sin ningún tipo de filtro, siempre hay un cierto control. Es nuestra elección la relación que tenemos con todos y cada una de esas amistades. Pero siempre, antes de entrar en contacto con el otro vemos su imagen de perfil y buscamos sus datos: sus publicaciones.

Hoy, quien se presente con el icono predeterminado de la app o de la plataforma nos da desconfianza y si no tiene nada en sus muros, peor aún. Un incauto le dará aceptar y así comenzará su vida virtual. Por eso es tan importante esa imagen que decidimos poner para representarnos en las redes, la cual dice mucho y nada.

¿Quiénes somos en ese espacio? Una imagen que valida la información que se sube, replica, etiqueta, reenvía. ¿Quién se esconde tras esa personalidad que se gesta a cada minuto en la red? No hay restricciones para robar rostros, volver a ser niños, distorsionarnos, ser un cuadro monocolor, una playa, un grupo indeterminado de individuos que reflejan un momento o ser la misma imagen por años. ¿Qué somos?

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Esa portada que cambiamos de vez en cuando para atraer miradas. Esa imagen retocada de nosotros mismos que se acopla a ideales estéticos que determinarán el ángulo y el encuadre nos convierte en cuerpos etéreos que se adhieren al mundo por medio de información. Describimos y acumulamos datos que queremos; lo demás se oculta, mejor dicho, no se sube, permanece en la oscuridad ante los demás, como nuestras vísceras.

Esta representación es una extensión de nosotros. Un cuerpo generado por la representación que tenemos de nosotros mismos, de nuestro cuerpo físico y mental. Se nos concede el talento de ser dos entes y muchos más, si deseamos y podemos. El cuerpo virtual no contiene vísceras ni flujos que nos detecte, nos identifique; ya que hasta podemos no tener otro nombre.

Se aleja de lo terrenal y lo celestial, es más psicológico y perverso. La planitud que otorga la red nos da la capacidad de contener todo lo que queramos de  nosotros en ella y a la vez no tener un punto de referencia. Ese cuerpo se dispersa y llegamos a perder el control sobre él.

Por ello, quien rige ese cuerpo tiene que tener el poder de validar su información, pero ¿quién ratifica ser su poseedor? ¿Cómo saber si soy su dueño, si no obedece a mi voz? ¿Podemos llegar a pedir a ese follower que nos hable para saber si es auténtico? ¿Podemos exigirle una muestra de sangre? Quizá nos dé el unfollow y seguir como si nada o timarnos con más información.

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Queremos ser más que este cuerpo recubierto de piel, de vestimentas, con una habitación, unos estudios y un trabajo. La red y el wifi nos dan la oportunidad de seguir comunicándonos continuamente para extenderlo a una vida infinita. Un clic lo lleva a otras plataformas a través de links que se constriñen hasta ser incapaces de encontrar su dirección.

Tenemos miedo de perdernos, pero qué tenemos que perder: una representación menos de nosotros. ¿Por qué poseerlo como si fuera tangible y capturable? Tenemos la oportunidad de ser y estar sin tiempo ni lugar específicos. Dejemos que nuestros cuerpos se consuman, porque la tecnología nos enviará como datos por el universo, libres y como realmente deseamos ser.

¿Qué imagen tenemos de nosotros mismos que sólo puede ser creada en la red? Si eres real, quiero ver tu imagen ahora mismo con fecha y hora, porque sé que no eres tú ni aquí ni en ninguna parte. No somos nosotros, si no nos validamos. La subsistencia de nuestro cuerpo está en sus flujos; su valor, en la representación que nos damos y nos dan. Mi voz no es ni siquiera la mirilla a todo que soy y puedo ser.

¿Qué cuerpo me vas a presentar mañana?

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